Julio Cortázar era un creador de lo lúdico, para ello debía tener una metaescritura que repondiera a la pregunta ¿qué hemos hecho nosotros para merecer esos únicos ojos con los que vemos al mundo? La Maga y Oliveira trataron por todos los medios de indagar y dar respuesta, sin embargo fue con la construcción de la novela Rayuela y el resto de su obra, con los que dio la mejor respuesta; no estos (dos) personajes, pero sí la novela dividida en dos partes, que luego se descubre como infinitos caminos, que responde con un orden aparente sobre cómo surge lo místico, cuando el asombro nos permite intuir que tenemos más ojos: los del cuerpo, los de la mente, los del alma y los del espíritu. Apenas utilizamos dos de los infinitos ojos del cuerpo, imaginémos cuando ya estemos utilizando al menos dos del alma.
Cortázar en su escritura juega a ser Dios, pero esto fue, ha sido y será el mayor deseo del escritor. Hacer un mundo donde él sabe cuáles y en qué momentos el destino de sus habitantes cambiará. Pero en Rayuela no sucede de esa forma, Cortázar sabe menos que Oliveira el escritor que aparentemente pierde la razón, pero oh sorpresa, el personaje va a saber menos que el lector, quien al final será quien arme su propia lectura con el juego de la rayuela (o el avión como lo denominan más allá de la Argentina). El lector de esta novela es quien hace el destino de estos personajes.
El alma con la que intentó comunicarse Cortázar en su tiempo, fue con la conciencia colectiva jungiana, a partir de esa comunicación la novela moderna transitó hacia la incertidumbre de la postmodernidad. Pero la incertidumbre no era por tocar el alma colectiva, sino porque las maneras y los métodos cómo tocarla apenas estaban construyéndose, con lo que implica ese reto: métodos para reflexionar y analizar derribando las fronteras del cuerpo y la mente.
Cuarenta años después (2008), los métodos para leer lo real se parecen mucho, en cuanto al texto como se presentan, a la manera de Cortázar de hacer ficción. Las historias de vida son voces que hablan desde sus experiencias, la sistematización de la vida comunitaria es un juego que quien lo lee lo arma como quiere, es el alma del mundo cuyo centro está en todas partes (Borges) convertido en discurso científico y que reta a la ficción. El reto ahora es saber quién hablará desde la novela y la poesía, donde el alma del mundo disminuye su infinitud o aparenta hablar menos.